Reducción al absurdo de una «definición» de Comunicación Política

En: Comunicación Política

23 Oct 2010

Es necesario fundamentar bien la Comunicación Política

El sistema de evaluación de méritos académicos hace poisible que quien escribe un libro, capítulo o artículo de revista, aporte una cita o una crítica negativa, o muy negativa, como signo de calidad de su escrito deficiente. Por eso, cuando escribo una crítica negativa en papel sobre algún académico, no cito el nombre del autor para que no se beneficie de mi crítica. Sin embargo, sí lo puedo hacer en este Blog, pues al menos hasta ahora, la ANECA – Agencia Nacional de la Evaluación y de la Acreditación- no pone al mismo nivel el papel e Internet.

Con esta introducción, puedo afirmar que una de las tareas más importantes de la Comunicación política es fundamentar muy bien sus definiciones, modelos, divisiones/clasificaciones y demostraciones. Es decir, los «modi sciendi» sin los que es imposible edificar algo científicamente serio. Si no, el sintagma «experto en comunicación política» equivaldrá a «vendedor de alfombras volantes», «vendedores de humo» y otras expresiones despreciativas.

 Cuando una definición de comunicación política es deficiente y risible

 En 2008, apareció en Editorial Tecnos un librito titulado Para investigar la comunicación. Propuestas teórico-metodológicas, coordinado por Manuel Martínez Nicolás. Dentro de ese librito, José Luis Dader escribe la siguiente «definición»: «Comunicación política es la producción, difusión e intercambio de símbolos y representaciones cognitivas acerca de la política, con la consiguiente generación de percepciones y reacciones sobre la política» (P. 135).

 Ante todo, el autor de esta «definición» da ya por supuesta la definición de política. Por tanto, esta «definición» viola una de las leyes de la definición: Lo definido no debe entrar en la definición (círculo vicioso: La Lógica es ciencia y arte que transmite las reglas lógicas).

Esta «definición» tampoco tiene una diferencia específica. Se parece a esas figuras de feria, en las que un visitante sólo tiene que poner su cabeza para fotografiarse con el vestido inmóvil que elija, sea un traje de torero o de sevillana con faralaes. Si sustituimos la palabra «política» por perfumería (o cocina, o agrimensura, o timo, o pintura, arquitectura, escultura, jardinería, enterramiento, y así sucesivamente)… la «definición» valdría para cualquiera de ellas.

«Comunicación de la perfumería es la producción, difusión e intercambio de símbolos y representaciones cognitivas acerca de la perfumería, con la consiguiente generación de percepciones y reacciones sobre la perfumería».

O «Comunicación de los servicios funerarios (antes, pompas fúnebres) es la producción, difusión e intercambio de símbolos y representaciones cognitivas acerca de los servicios funerarios/pompas fúnebres, con la consiguiente generación de percepciones y reacciones sobre los servicios funerarios/pompas fúnebres ».

 Por tanto, también viola otra de las leyes: La definición debe ser convertible con lo definido. Aquí, la «definición» es mucho más amplia que lo definido.

 Incluso, la «definición» se adaptaría mejor a esos sectores de la realidad. Efectivamente, el autor emplea la expresión «percepciones y reacciones», en la que parece actuar la confusa presencia de una idea de conducta psicológica que no viene a cuento (las reacciones podrían ser hormonales; se adaptaría mejor a la cocina, perfumería, etc). Es decir, el autor debería haberse expresado así: «percepciones y reacciones políticas sobre la política». Con lo cual, habría puesto peor las cosas.

La «definición» incluye una redundancia lindante, si no identificada, con la ridiculez: «símbolos y representaciones cognitivas»: ¿cómo podría hablarse de símbolos sin representaciones cognitivas, o viceversa?

 Y eso que no quiero seguir ridiculizando todo el Capítulo. Sólo invito a responder la siguiente pregunta: ¿cómo es posible confiar en que la Comunicación Política, tal como la concibe este autor, llegue a constituirse como una disciplina seria si ya el punto de partida, la «definición», no vale, sino que es un «flatus vocis»? ¡Ya quisiéramos que esta definición fuera una ruina!, porque partiendo de una ruinas podemos reconstruir un edificio. Aquí esto no es posible, porque realmente no se trata de elementos que, anteriormente, hubieran formado parte de una definición sólida. Son, sencillamente, muestras de la ignorancia que sobre filosofía, psicología y sociología, entre otras cosas, este autor exhibe. Es un servicio fúnebre, o unas pompas fúnebres, que el autor celebra en honor de la comunicación política.

Quien quiera ocuparse de la Comunicación Política debería saber Filosofía, Historia, Literatura, Ciencia Política, Sociología… para empezar. Y no únicamente Periodismo. Mientras tanto, un trabajo obligado consiste en demoler las chabolas conceptuales como la que representa esta definición y sustituirlas por viviendas dignas y resistentes. Y esto no sólo hay que hacerlo con capítulos, sino con libros enteros, para no suministrar mercancía averiada a los estudiantes, a los asesores políticos y a los políticos mismos.

 Charles Foster Kane, el protagonista de Ciudadano Kane, de Orson Welles, tenía la gran preocupación de que los críticos quitasen las comillas de la palabra «cantante», que aplicaban a su segunda mujer, Susan Alexander. Algunos «teóricos» lo van a tener igual de difícil, o más.

Máster Comunicación Política

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Acerca de este Blog

Felicísimo Valbuena de la Fuente es Licenciado y Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es Catedrático en la Facultad de Ciencias de la Información.

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